Subida costosa hacia su casa, se hacía amena pensando a cada paso que daba.
Frases geniales y miles de rimas iban y venían, se cruzaban, se chocaban.
Un orden buscaba, primero mental y después en el alma.
Recuerdos en las calles, esquinas y plazas.
-Vista al suelo,- se ordenaba- no mires a los ojos de la gente, no metas la pata; ojos que parecen cristal, pero que son de hojalata.
Más no tuvo voluntad y empujada por la curiosidad inocente e infantil, levantó la barbilla y dos brillos la prendaron y sonrojaron sus mejillas.
Dos perfectas perlas en un inmenso color negro, entró el resplandor por sus ojos, inundando todo su cuerpo.
Lunas diminutas que con su luz la enamoraron, dos pequeños regalos que le hacían olvidar su malos tragos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario